El tiempo transcurre demasiado rápido y, quizás por ello, necesito tanto de esos pequeños instantes en los que todo parece detenerse y con los que intento, de alguna manera, ralentizar el inevitable transcurso de la vida.
Hoy me he dado cuenta de que han pasado casi cuatro meses desde mi última publicación en este blog. Durante ese tiempo, han pasado muchas cosas sin importancia que me han alejado de él casi sin darme cuenta. Supongo que son etapas por las que, de vez en cuando, pasamos y que son tan necesarias como el aire que respiramos. Una etapa un tanto extraña en el que esa aparente inactividad ha estado acompañada de mucha reflexión y el planteamiento de nuevos retos.
Porque la vida sigue. Y, como veis, surge en cualquier rincón y ante nuestros ojos. Hace ya algunos años de la escena que hoy os quería mostrar. La tranquila superficie del charco reflejaba la luz de la tarde, mientras una pequeña rana permanecía inmóvil sin romper la belleza de aquel reflejo. La superficie del charco reflejaba la luz pero escondía, a la vez, su profundidad. Aquella tarde aprendí que la profundidad real del charco no importaba y que su superficie era capaz de reflejarlo todo sin sufrir ninguna alteración.
Saludos!